El corazón del argumento del libro radica en la deconstrucción de los supuestos diagnósticos que dominan el panorama actual. Se examinan las «promesas» de la ciencia moderna –especialmente de la neurociencia– que, según los autores, a menudo son utilizadas para justificar la patologización de las diferencias infantiles. La obra argumenta que la obsesión por identificar y clasificar a los niños en categorías diagnósticas, como el TDAH, la dislexia, o el TGD (Trastorno del Juego, Desorganización del Juego), no se basa en una comprensión profunda de la complejidad de la infancia, sino en una
en el procesamiento de la información.
El libro propone una reflexión profunda sobre la relación entre la
a la práctica diagnóstica, argumentando de manera convincente que la patologización de las diferencias infantiles no se basa en una comprensión profunda de la complejidad de la infancia, sino en una
entre la escuela, la familia y la comunidad, reconociendo que el bienestar del niño depende de la coordinación de todos los actores relevantes.


