El libro se desarrolla a través de una serie de conversaciones entre el Maestro y su discípulo, donde el Maestro expone su teoría sobre la creación del delito. La base de esta teoría es que el delito no es un fenómeno natural o aleatorio, sino que es una
inherentemente ligada al sistema capitalista. La obra desmantela la noción de que el crimen es un fenómeno irracional o meramente moral, revelando que es, en cambio, una consecuencia directa de la lógica del mercado. La producción de delitos, aunque sea una producción «negativa», es una parte integral del funcionamiento del capital, impulsada por la necesidad de controlar y regular los excesos de la producción y el consumo.
El Maestro argumenta que el sistema capitalista genera una «industria del delito», que opera bajo las mismas reglas que cualquier otra industria. En esta industria, los criminales actúan como fabricantes de delitos, produciendo delitos que son demandados por el mercado. La demanda de delitos se alimenta de la búsqueda de la seguridad, de la acumulación de riqueza y de la desconfianza inherente al sistema capitalista. La gente quiere sentirse segura, y para sentir esa seguridad, necesita instituciones que la garanticen, y estas instituciones, por su parte, requieren la producción de delitos para su sustento.
La obra también analiza la relación entre el derecho penal y el delito. El derecho penal no es una herramienta neutral para combatir la delincuencia, sino que es, en cambio, una herramienta de control social producida para servir a los intereses del capital. El sistema legal, a través de las leyes y los castigos, sirve para regular y controlar la producción, y para garantizar que la acumulación de capital no se vea interrumpida por la actividad de los individuos. El sistema penal se convierte, por lo tanto, en una herramienta para «gestionar» el crimen, en lugar de combatirlo.
Además, el Maestro revela cómo el verdadero valor económico del delito reside en el control social que permite ejercer sobre la población. La amenaza constante de la delincuencia, la sensación de inseguridad, son factores que fomentan la obediencia a las leyes y la aceptación de la autoridad. En otras palabras, el delito sirve para mantener el status quo, para garantizar que las relaciones de poder se mantengan intactas. Este control social es, en última instancia, la principal fuente de valor económico del delito, y es lo que justifica su producción a gran escala.
El Maestro profundiza en el análisis de la relación entre el «fabricante de delitos» y el instructor. El instructor no es un guardián de la ley, sino un especulador que se beneficia de la demanda de conocimientos sobre el delito. Al ofrecer «tutoriales» y asesoramiento legal, el instructor se convierte en un intermediario entre el criminal y el sistema, extrayendo un beneficio económico de la actividad criminal. Esta relación subraya la naturaleza mercantilizada de la justicia en el sistema capitalista, donde el conocimiento sobre el delito se convierte en una mercancía, y aquellos que poseen ese conocimiento se benefician de él.


