La obra «La Ciudad de Dios» (De civitate Dei) de San Agustín se divide en dos partes principales, un reflejo de la estructura misma de su pensamiento. La primera parte, que comprende los libros I-V de la edición de Sáez, se dedica a una crítica directa de las acusaciones que circulaban en la época, acusando al cristianismo de ser la causa de la caída del Imperio Romano. Agustín se enfrenta a la idea prevaleciente de que la fe cristiana, con su moralidad y sus valores, era la raíz de la corrupción y la decadencia de Roma.
No obstante, en lugar de negar la existencia de problemas en la sociedad romana, como lo hacía, por ejemplo, Cicerón, Agustín argumenta que los problemas son inherentes a la naturaleza humana, la «mala condición» que hace que los hombres persigan el poder, la riqueza y la gloria terrenal. Esta «mala condición» es, según Agustín, la raíz de la corrupción y la injusticia en la ciudad terrenal, y no la fe cristiana. El autor utiliza ejemplos históricos, a menudo escogidos de la propia historia romana, para ilustrar su argumento. Por ejemplo, examina las ambiciones de los emperadores, la corrupción de los senadores, la lucha por el poder, y las guerras, para demostrar que estas características eran inherentes a la naturaleza humana, y no resultado de una influencia maligna de la fe cristiana. El libro es, en esencia, una defensa audaz y vigorosa de la fe, basada en una cuidadosa comprensión de la historia y una aguda observación de la condición humana.
La segunda parte de la obra, que abarca los libros VI-VII en la edición de Sáez, se centra en el tema central de la divinidad y la providencia, y su relación con la humanidad. Agustín introduce el concepto de «localidad espiritual, » la comunidad de aquellos que creen en Dios y se esfuerzan por vivir de acuerdo con sus mandamientos. Esta «localidad espiritual» contrasta fuertemente con la «localidad terrenal», la sociedad humana, que está dominada por el egoísmo, la ambición y la injusticia. Para Agustín, Dios es el creador de ambas localidades, pero solo la «localidad espiritual» es verdaderamente feliz y justa. La obra explora la relación entre la fe y la razón, argumentando que la razón puede llevarnos a conocer a Dios, pero solo la fe puede darnos la gracia necesaria para vivir una vida santa. La obra se basa en la idea de que Dios ha puesto a los hombres en la tierra para probar su fidelidad a Él, y que la verdadera felicidad se encuentra en la comunión con Dios y en el amor a los demás. Este concepto de la «providencia divina» es fundamental en el pensamiento de San Agustín, y ha tenido una profunda influencia en la teología cristiana y la filosofía occidental.
El núcleo del argumento de “La Ciudad de Dios” reside en la tensión y, finalmente, la armonía entre dos reinos distintos: la ciudad terrenal, un lugar de conflicto y corrupción, y la ciudad espiritual, la Ciudad de Dios, que representa el verdadero orden y la verdadera felicidad. Agustín no niega que la decadencia del Imperio Romano fue un proceso complejo, impulsado por una multitud de factores, pero afirma que el cristianismo no es el origen de estos problemas, sino más bien la solución. Él argumenta que la moralidad cristiana, basada en el amor a Dios y al prójimo, es la única base para construir una sociedad justa y pacífica.
Agustín elabora una profunda crítica de la filosofía pagana, especialmente de los estoicos, que a menudo glorificaban la virtud del autocontrol y la aceptación del destino. Para Agustín, el autocontrol sin amor es un mero vacío, y la aceptación del destino es una forma de resignación pasiva que no conduce a la verdadera felicidad. En cambio, Agustín sostiene que la fe en Dios nos da la fuerza para superar las dificultades, para luchar contra el pecado, y para vivir una vida de virtud. La obra es, a su vez, una crítica de la moralidad hedonista de la época, que se basaba en la búsqueda del placer y la satisfacción de los deseos.
La segunda parte de la obra, la que explora la divinidad y la providencia, es particularmente reveladora del pensamiento de Agustín. Él argumenta que Dios ha creado al hombre para un propósito, y que este propósito es vivir en comunión con Dios. La vida terrenal es una prueba para el hombre, y el éxito de esta prueba depende de su fe y su obediencia a Dios. El concepto de la providencia divina es central para el pensamiento de Agustín, y sostiene que Dios no solo creó al hombre, sino que también lo protege y lo guía. Esta idea de la providencia divina no es una simple idea de suerte, sino una afirmación de que Dios tiene un plan para la humanidad, y que este plan está siendo realizado, aunque a menudo no lo comprendamos. Esta idea ha sido fundamental para la esperanza y la fe de los cristianos a lo largo de la historia.
Opinión Crítica de La Ciudad De Dios
“La Ciudad de Dios” es una obra de una intensidad y una claridad intelectual que sigue siendo sorprendente después de casi dos mil años. La estrategia de Agustín de refutar las acusaciones contra el cristianismo utilizando ejemplos históricos y una argumentación lógica es particularmente eficaz. El libro no es solo una defensa de la fe, sino también una profunda exploración de la condición humana, con todas sus fallas y debilidades. La crítica de Agustín a la filosofía pagana, en particular a la filosofía estoica, es sólida y bien fundamentada. La obra demuestra un profundo conocimiento de la historia romana y de las ideas filosóficas de la época. No obstante, es importante leerla con la mente abierta, reconociendo que, para su tiempo y lugar, sus argumentos eran profundamente innovadores.
Aunque la obra presenta una visión del mundo que puede resultar eurocéntrica y patriarcal, sigue siendo una lectura obligada para comprender la historia del pensamiento occidental y para reflexionar sobre la naturaleza de la fe, la moralidad y la justicia. La ambición de Agustín de reconciliar la fe con la razón es admirable, aunque a menudo difícil de alcanzar en su totalidad. A pesar de las limitaciones de su época, «La Ciudad de Dios» sigue siendo un testimonio de la capacidad humana para la reflexión y el pensamiento crítico. Se recomienda leerla acompañada de una buena edición, como la de R. Mª Marina Sáez, que ofrece un aparato crítico y explicaciones útiles, así como estudiar el contexto histórico y social en el que fue escrita.
